A través de Torrente Verde



Tras dormir al lado de la fogata por unas horas, Araís estaba aun en todas sus capacidades, yo, por otra parte, no podía decir lo mismo. Veníamos huyendo ya 3 días seguidos, casi sin comer, apenas durmiendo, sin descansar. Era tortuoso. No habíamos desviado tanto de nuestro camino, que la única forma de llegar a Luminaria era atravesando Torrente Verde, el enorme bosque que separaba el fin de la civilización con las tierras del norte. Temíamos parar en las aldeas, si lo trasgos seguían aun nuestro rastro, arrasarían sin dudarlo con cualquier asentamiento en su camino. Quizás no seamos un ejemplo de buenas personas, pero somos considerados.

Araís me prometió que descansaríamos en los lindes del bosque, quizás en las raíces de un alerce. Ya no debía faltar mucho, desde la mañana se veían las copas de los arboles. Perdí las esperanzas de que falte poco cuando al pasar el medio día y aun en caminara, la franja verde en el horizonte no parecía acercarse mucho. Comíamos poco porque no nos dábamos el tiempo de parar a conseguir comida. Por suerte el terreno era rico en ríos y arroyos, así que agua no faltaba. El frió, por su parte, era otra cosa. Calaba los huesos. Para él, con su tamaño enorme, aun para ser un Jotum, soportar  las inclemencias del clima y el terreno es algo fácil. No lo era para mí. Nací en ciudad. Me crié en ciudad. Fui diseñada para recorrer callejones, para no ver el horizonte. Todo esto resulto ser por demás extenuante.

Cada instante parecía una agonía. Horas de caminara evitando animales peligrosos, sorteando desniveles de terreno, cruzando arroyos helados, trepando pequeñas barrancas. De a ratos mis piernas no tenían fuerzas para sostenerme. Araís es bastante considerado. Aun siendo tosco como es, tiene buen ojo para los detalles. Fingió no tener hambre y me dio el último trozo de queso, y me cargo en brazos en los ríos más caudalosos. Me siento culpable por aceptar el último pedazo de queso, pero sé que si me niego a sus detalles, se sentirá insultado. No quiero que riñamos en este momento.
Con el sol ocultándose tras la cordillera, con las últimas luces de la tarde, entramos a caminar entre los primeros arboles de Torrente Verde.



Comprendí por que podíamos verlo desde tan lejos. Las primeras conífera tenían decenas de metros de alto (y Araís dice que son mas grandes en el centro el bosque). Pero no fue en el tamaño de los arboles en lo que quede deslumbrada. Debajo de ellos, y hasta donde me alcanzaba la vista para los costados, había ciclópeas construcciones monolíticas, perfectamente talladas, puestas de forma esporádica, mucha veces se podía notar antiguos y maltratados caminos entre ellas y, cada tanto, escalinatas perfectamente talladas en la piedra.




A la distancia se veían ínfimas (al lado de esos árboles todo es ínfimo). No necesite ponerme al lado para notar que me equivocaba. Las más pequeñas median como tres veces mi altura (se que mi altura no es parámetro, pero tres veces mi altura ya es mucho más alto que Araís). El musgo, en verdes tan intensos y diferentes que parecían estar pintando adrede los diseños, tapaba los tallados de diseño concéntricos de los monolitos. La mayoría tenían dibujos representativos de animales y bestias de todo tipo, otros parecían representar escenas, tanto épicas como cotidianas, en la vida de personas con cornamentas (personas que distinguí como elfos)

 Trate de parecer calmada al preguntarle a Araís que eran esas cosas. Claramente mi entusiasmo y curiosidad infantil quedo plasmada en mi tonito agudo. No lo note por mi voz. Lo note por la risita de Araís al responderme. Al parecer, los antepasados de los elfos no eran petulantes nariz parada que se desmallaban al ver un poco de tierra, si no que vivían en comunión con la naturaleza y las criaturas del bosque. Bueno, al parecer, aun hay comunidades de elfos norteños que lo hacen. O eso me dijo Araís. A mí me cuesta creer que esos pedantes soporten las inclemencias de estas tierras. Aunque Araís no tardo en hacerme notar que yo no soy la indicada para quejarme de eso, y que los Kottur de estos paramos viven casi como salvajes. Se me burlo diciendo que debía aprender de ellos. Se me burlo como si él fuera capaz de vivir un día en una gran ciudad sin mi ayuda.

Antes de darnos cuenta, estábamos siguiendo uno de esos caminos casi borrados por el paso del tiempo. A su costado crecían pequeños hongos de colores pasteles, constatando con la fluorescencia del musgo y el verde vivo del pasto. Por los troncos de los arboles y entre sus rama crecían todo tipo de enredaderas. Una en especifico daba unas hermosas y enormes flores blancas con pintitas rojas. Lirio Sangrante, o así las llamo Araís. Un pajarito de pecho rojo nos siguió unos metros, acompañado a una distancia prudencial por otro igual pero más grande. Luego se distrajo con un escarabajo tan grande como mi mano. En el cielo aun quedaban motas celestes, pero dentro del bosque la luz de día era casi inexistente. Hice una mímica de berrinche, ya estábamos casi dentro del bosque, seguro los trasgos se habían hartado de seguirnos hacia mucho. Teníamos que descansar. Quería descansar. Quería apoyar mi cabeza en el pecho de Araís y dormirme escuchando su respiración.
Acampamos debajo de un árbol que daba unos frutos parecidos a duraznos, pero mucho mas grandes. Según Araís eran comentibles y los que se habían caído del árbol ya estaban maduros. No voy a decir que fue la fruta mas exquisita que comi en mi vida, porque en esa situación, cualquier comida era la mejor comida del mundo.

Saque las mantas de mi mochila y las prepare para descansar. Araís se apoyo contra el árbol, y me hizo lugar para acurrucarme a su lado. Nos tapamos con todas las mantas y abrigos que teníamos y confiamos en que con eso y nuestro calor corporal debía alcanzar para pasar la noche.
Desde el altercado con los trasgos estuvimos tan ocupados en escapar que no nos habíamos dado tiempo para nosotros. Después de tres días bese a Araís y el sus labios eran mucho más dulces que los frutos esparcidos por el suelo (y mas o menos igual de grandes). Al acurrucarme, acaricio por un rato detrás de mi oreja, y antes de darme cuenta, ya estaba metida en mis sueños. Debía reponer tantas fuerzas como pudiera, aun teníamos que adentrarnos y pasar todo el bosque.


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